Confusión sexual en la viña

Jean Leon

09/09/2016

La lucha contra plagas y enfermedades de la vid ha tenido varias caras a lo largo de la historia. La industrialización en el sector trajo consigo la necesidad de multiplicar la producción de vino para ser competitivos y como consecuencia los sistemas de control de enfermedades de la viña se basaban básicamente en pesticidas y herbicidas industriales aplicados a granel y sin el menor control fitosanitario.

 

Hoy, desechados los productos y tratamientos químicos en favor de una viticultura sostenible y con una legislación muy estricta sobre agricultura ecológica, el ingenio y la ciencia nos han proporcionado sistemas de control de plagas inofensivos para nuestro entorno pero más eficaces si cabe.

 

Una de las amenazas más recurrentes para la viña es la Polilla del racimo (Lobesia botrana). Este animalitoataca a la vid desde distintos frentes y en diferentes estados del ciclo vegetativo de la planta. En los meses de invierno se oculta latente bajo la corteza de la cepa.

 

Entre abril y mayo los primeros individuos adultos ponen los huevos sobre los botones florales cuyas larvas destruirán la flor. En verano y con buenas temperaturas atacan directamente a la uva produciendo erosiones y agujeros en la piel por donde pueden colarse otros invitados no deseados como la temible Botrytis Cinerea.

 

Bien, ¿y qué hacemos en Jean Leon para combatir esta plaga? Pues atacar a la línea de flotación del cualquier ser vivo (vertebrado o no): ¡El Sexo!

 

El tema va como sigue: Instalamos una suerte de difusores a modo de trampas de confusión sexual en la viña. Esto es una capsulita de unos 4 cm que va liberando una síntesis de las feromonas femeninas para de esta manera confundir al macho, que no consigue localizar a la inexistentehembra, evitando la cópula.

 

Se utilizan del orden de unas 350 cápsulas por hectárea y la difusión de su contenido es constante desde el momento de la colocación del producto hasta su retirada.

 

Mejor “confundir” que exterminar, ¿no?

 

La viña necesita de su ecosistema y nosotros debemos respetarlo. Solo así, cuidando nuestra tierra, respetando sus ciclos, conseguiremos que ella cuide de nosotros. Como siempre debió ser.

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